La paz rechazada Por Marcelo Birmajer, especial para SHA.

Por Marcelo Birmajer, especial para SHA.

En la última semana de junio, la dirigencia palestina rechazó una vez más, por enésima ocasión, una oportunidad para la paz con Israel. El presidente Donald Trump, a través de su asesor especial para el Medio Oriente, Jared Kushner, les hizo una de las ofertas más importantes y prometedoras que los palestinos hayan recibido desde los Acuerdos de Oslo en 1993.  El ambicioso plan estadounidense para relanzar la economía palestina como primer ingrediente del llamado ‘Acuerdo del Siglo’ con Israel ha arrancado en Bahrein con Estados Unidos poniendo sobre la mesa una suerte de plan Marshall solo para los palestinos: la oferta de 50.000 millones de dólares. El taller ‘Paz para la Prosperidad’ está marcado por la presencia del anfitrión (el rey Hamad bin Al Khalifa) y representantes (mayormente de perfil medio) de 39 países y empresarios. Pero el grupo terrorista Hamas y la dictadura de Abu Mazen, que dominan Gaza y Cisjordania respectivamente, y la vida de todos los integrantes del colectivo palestino, lo han rechazado. 

El primer rechazo sucedió en la ONU, en noviembre de 1947, cuando este organismo recién fundado votó por mayoría a favor de la división del Mandato Británico en Palestina en dos Estados para dos pueblos: el primer Estado judío en 2000 años y un nuevo Estado árabe (por entonces no existía la expresión Estado palestino). La respuesta árabe, también de los que habitaban en el Mandato, fue atacar a sus vecinos judíos. En 1948, con la declaración de independencia, el primer ministro israelí Ben Gurión ofreció nuevamente a los árabes su Estado, aceptando la administración internacional de Jerusalem con acceso libre a todos los cultos. La respuesta árabe fue el intento de exterminio del Israel recién creado. Hasta 1956, el terrorismo árabe asesinó a mil judíos dentro de las fronteras del Estado de Israel, sobre una población de no más de dos millones de judíos, sin que existiera ningún conflicto territorial, excepto la propia existencia de Israel.

En 1956, Israel conquistó por unos meses la Franja de Gaza, como modo de represalia contra el terrorismo, pero la abandonó por completo a cambio de una promesa de paz y seguridad de la ONU. En 1967 el dictador egipcio Naser ordenó a la ONU retirarse del Sinaí y cesar en su rol de fuerza de separación, de seguridad y de paz, y los cascos azules de la ONU sencillamente le obedecieron. Egipto, Siria y Jordania separaron a Israel del resto del mundo por medio de un bloqueo militar, y se dispusieron, una vez más, a aniquilarlo; en sus propias palabras, se trataba de echar a los judíos al mar. Israel venció en esa guerra, liberó Jerusalem, conquistó de manos egipcias la Franja de Gaza y Cirsjordania de manos jordanas; también los Altos del Golán, desde donde disparaban los criminales sirios. Pero, a la semana de haber ganado la guerra, Israel ofreció la devolución de todos los territorios excepto Jerusalem, y la aceptación del Estado palestino, a cambio de paz. La respuesta árabe y palestina fue el rechazo a la paz y a la existencia de Israel.

En 1973 Siria, Egipto y la OLP de Yaser Arafat intentaron una vez más destruir Israel; lograron matar a más de tres mil soldados judíos, de una población total de no mucho más que tres millones de israelíes, con alrededor de 800.000 árabes. Israel hizo la paz con Egipto en 1977, reintegrándole todos los territorios conquistados en el 67, pero Sadat se negó a recibir la Franja de Gaza, y ni Sadat ni Husein de Jordania aceptaron la propuesta israelí: un Estado palestino bajo tutela de esos dos países. Los propios palestinos tampoco reclamaban un Estado propio: sólo la destrucción de Israel.

Recién con la Intifada de 1987, por primera vez algunos líderes palestinos hablaron, pero sin demasiada claridad, de un Estado palestino separado de Israel, en lugar de en reemplazo de Israel. Pero esta propuesta ni siquiera alcanzó el rango de hipótesis por parte de la representación palestina en las primeras negociaciones de paz para todo el Medio Oriente, celebradas en Madrid en 1991.

A partir de 1993, Rabin y Peres ofrecieron nuevamente un Estado palestino, pero el grupo terrorista palestino Hamás lanzó la peor ola de ataques terroristas que hubiera conocido el Estado de Israel. En 1995 un terrorista judío asesinó al primer ministro Itzak Rabin, y todo hacía prever que, como reacción, Peres ganaría las siguientes elecciones, con su propuesta de un Estado palestino, así lo marcaban todas las encuestas. Pero otra ráfaga de ataques suicidas palestinos contra colectivos israelíes otorgó las elecciones al líder del Likud, Benjamín Netanyahu. No obstante, Netanyahu respetó el tratado de Oslo, y no sólo no reconquistó ningún territorio, sino que mantuvo la retirada del Ejército de Israel de territorios habitados por mayoría palestina, como una política de Estado. La única respuesta palestina fue el terrorismo.

En 2001 el primer ministro Ehud Barak ofreció al líder palestino Yaser Arafat todo lo que reclamaba, incluyendo sectores de Jerusalém y dejando un 10 por ciento para negociar como intercambio territorial según demografía. La respuesta palestina fue la segunda Intifada, que consistió en ataques suicidas peores que los de 1995.

En 2005 el primer ministro Ariel Sharón sacó hasta el último judío de la Franja de Gaza y la dejó totalmente en manos palestinas. La respuesta palestina fue atacar Israel desde Gaza. Su sucesor, Ehud Olmert, ofreció un acuerdo aún más abarcativo que el de su tocayo Barak. La respuesta palestina fue el rechazo.

            Hoy, frente a una de las administraciones norteamericanas más interesadas en conseguir la paz y la democracia en Medio Oriente, en especial en el conflicto palestino israelí, el terrorismo y la dictadura palestina reiteran, sin explicaciones, su rechazo invariable. No obstante, Israel y USA sólo se puede seguir apostando por la paz. Ese es el camino de las democracias.