Iom Ierushalaim: La única capital democrática del Medio Oriente

Por Marcelo Birmajer especial para SHA.

En este 2019 se cumplen 52 años desde que, en esa guerra de supervivencia que fue la así llamada “de los seis días”, en 1967, Israel liberara la capital milenaria del Pueblo Judío. 19 años fueron los que pasaron desde que Israel declaró su independencia, en 1948, hasta que logró reunificar y liberar la ciudad fundada por el rey David, y regresarle al mundo ese centro de devoción para las religiones monoteístas, con la libertad de culto de la que no había gozado nunca hasta la emancipación israelí. Otras ganancias territoriales de aquel conflicto fueron devueltas íntegramente en aras de la paz: el entero territorio del Sinaí, tres veces más grandes que Israel, en el acuerdo con Egipto, que perdura hasta hoy. También se le ofreció, al mundo árabe, Gaza (de la que Israel ya se retiró, incluso sin paz a cambio), Cisjordania, las Alturas del Golán. Pero en la conferencia de Jartum, pocos meses después, la Liga Árabe rechazó la generosa oferta israelí: no a la paz con Israel, no a la negociación con Israel, no a la existencia de Israel, respondieron. Los famosos tres noes.

Cuando se habla de Jerusalem, la anciana y moderna capital del Estado judío, y se disputa la soberanía que Israel ha ejercido sobre la ciudad, en su lucha por la supervivencia y por derecho, pocas veces se pondera el tipo de régimen político que imperaría en caso de una retirada sionista.

Hoy por hoy, la ciudad es administrada por el único país democrático del Medio Oriente, Israel, y uno de los más democráticos del planeta. Desde la Guerra de Independencia (1948) hasta la Guerra de los Seis Días (1967), la ciudad santa fue dominada por la monarquía jordana: se destruyeron y desecraron los cementerios y lugares santos judíos. A los hebreos les fue prohibido el acceso a sus lugares históricos y sagrados. Tampoco a los cristianos se les concedió libertad de culto. Desde que Israel liberara la ciudad en 1967, las tres religiones monoteístas tuvieron igual libertad para desplegar su liturgia, realizar sus peregrinajes y relatar su historia. Incluso cuando buena parte de los sermones provenientes de las mezquitas jerosolimitanas tenían como tema la destrucción de Israel.

En la Jerusalem israelí, no sólo las religiones sino los géneros y la diversidad se respetan. El Estado y las fuerzas de seguridad israelíes protegen por igual a las mujeres, los amantes del mismo sexo, los ancianos, los niños, incluso los derechos humanos de los delincuentes. Sabemos que estas premisas no son respetadas por ninguno de los vecinos de Israel; de modo que Jerusalem, en caso de caer en manos de la Autoridad Palestina (ahora con la implicación de Hamás), o nuevamente de Jordania, o de Egipto, correría el albur de pasar a formar parte, nuevamente, de una dictadura irrespetuosa de los derechos humanos.

La masacre siria, la muerte de al menos medio millón de personas por la sangrienta dictadura de los Asad, ahora encarnada por el políticamente enclenque y ferozmente represivo Bashar, ha vuelto a poner sobre el tapete la necesidad de cotejar entre las bondades de la soberanía y los efectos de la naturaleza de un régimen: ¿se respetará la soberanía de Asad hasta que haya masacrado cuántos sirios, un millón? No pretendo obtener una respuesta a este enigma, pero sí no desatar un enigma donde sin duda existe una respuesta: la Jerusalem administrada por Israel ha sido más democrática, segura y respetuosa de la diversidad religiosa y social que cualquier régimen previo. La idea de una Jerusalem nuevamente gobernada por sátrapas o fundamentalistas debería erizar la piel no sólo de los judíos sino de cualquier hombre de buena voluntad.

En 1938 León Trotsky, el líder de lo que se intuía como una izquierda civilizada, en contraste con el salvajismo stalinista, respondía así a unas preguntas del brasilero Mateo Fossa:

–Fossa: ¿Qué me puede decir sobre la lucha de liberación de los pueblos latinoamericanos y sus futuros problemas? ¿Cuál es su opinión sobre el aprismo?

–Trotsky: No conozco suficientemente la situación de cada uno de los países latinoamericanos como para permitirme una respuesta concreta a las cuestiones que usted plantea. De todos modos me parece claro que las tareas internas de estos países no se pueden resolver sin una lucha revolucionaria simultánea contra el imperialismo. Los agentes de Estados Unidos, Inglaterra, Francia (Lewis, Jouhaux, Toledano, los stalinistas) tratan de sustituir la lucha contra el imperialismo por la lucha contra el fascismo. En el último congreso contra la guerra y el fascismo fuimos testigos de sus criminales esfuerzos en este sentido. En los países latinoamericanos los agentes del imperialismo ‘democrático’ son especialmente peligrosos, pues tienen más posibilidades de engañar a las masas que los agentes descubiertos de los bandidos fascistas. Tomemos el ejemplo más simple y obvio. En Brasil reina actualmente un régimen semifascista al que cualquier revolucionario sólo puede considerar con odio. Supongamos, empero, que el día de mañana Inglaterra entra en un conflicto militar con Brasil. ¿De qué lado se ubicará la clase obrera en este conflicto? En este caso, yo personalmente estaría junto al Brasil ‘fascista’ contra la ‘democrática’ Gran Bretaña. ¿Por qué? Porque no se trataría de un conflicto entre la democracia y el fascismo. Si Inglaterra ganara, pondría a otro fascista en Río de Janeiro y ataría al Brasil con dobles cadenas. Si por el contrario saliera triunfante Brasil, la conciencia nacional y democrática de este país cobraría un poderoso impulso que llevaría al derrocamiento de la dictadura de Vargas. Al mismo tiempo, la derrota de Inglaterra asestaría un buen golpe al imperialismo británico y daría un impulso al movimiento revolucionario del proletariado inglés. Realmente, hay que ser muy cabeza hueca para reducir los antagonismos y conflictos militares mundiales a la lucha entre fascismo y democracia. ¡Hay que saber descubrir a todos los explotadores, esclavistas y ladrones bajo las máscaras con que se ocultan!

Como la historia demostraría, Trotsky estaba brutalmente equivocado. Los conflictos bélicos ganados por dictaduras no sólo no fortalecían a sus supuestos enemigos internos, sino que las revivían y las hacían más perdurables. Tal el caso del propio Hitler, al que Trotsky subestima con su habitual cortedad intelectual y autoodio. Ni siquiera lo inmutaba el hecho de que el nazismo, al que ni siquiera menciona por su nombre, procuraba la destrucción del pueblo judío.

En el caso de Jerusalem ni siquiera debemos afrontar contradicciones: nos preguntamos si los defensores de la democracia y los derechos humanos debemos abogar por la continuidad de un gobierno democrático en tan determinante ciudad, o si debe ser retomada por alguna de las variantes del islamofascismo. La respuesta está sonando en el viento. La respuesta es democracia y libertad.