Un cuento para Shabat, de Myriam Boclin

 

LA COPA

de Myriam Boclin*

Un mantel blanco y la copa en el centro de la mesa; al lado, el pan, el vino, las velas. Se iniciaba la ceremonia de la cena. Celebraban el comienzo del descanso.

La mirada sabia del abuelo buscaba mucho más que rezos en el libro de oraciones; el canto enérgico del padre mientras elevaba el vaso en nombre de toda la familia; la sonrisa orgullosa del joven al que se le permitía sorber el vino. Todo eso señalaban las manos mientras marcaban sobre la mesa el pulso de la canción.

Afuera hacía frío. En el calor del hogar, se deslizaba generoso el olor a caldo de pollo, pescado relleno, la tentadora magia de una torta de miel. No sólo se escondían nueces en su miga: se tejían historias, relatos añejos, secretos dormidos en la dulzura de esa reunión cuya gracia era la rutina, renovada en cada viernes.

Pero al llegar septiembre, la copa no volvió a relucir sobre el mantel. No más velas, no más pan, no más vino. Se coló de golpe en el bolsillo de David, que acababa de cumplir los trece años. Su mano la apretaba fuerte durante el viaje. La sujetaba, para que no se perdiera en el traqueteo del tren.

– Mujeres de un lado, hombres del otro – decían.

Los días eran largos. Las noches, mucho más. David intentaba dormir, pero lo despertaban voces quejosas, gemidos o llantos. En la oscuridad, se escuchaban susurros y con ellos, finalmente sobrevenía el sueño.

Las barracas eran húmedas y malolientes. David escondió la copa en un hueco de la pared descascarada. Tal vez, las letras labradas en su cáliz desaparecerían, sin que nadie las volviera a leer. Aunque su metal se resistiera al fuego, intentarían quemarla junto al resto de sus pertenencias.

El día que los liberaron, David se acordó de lo que no tenía que olvidarse: buscar la copa. Lloró al recordar quién la había llenado por última vez.

La llevó hasta el barco. Por la cubierta, el azul del océano parecía más diáfano, un augurio. Luego de meses, lo esperó en tierra firme la pampa húmeda y frondosa. Los colores del trigo y el maíz hilvanaban una vida nueva.

Una Buenos Aires con mirada inquieta, lo recibió prometiendo inventarle una vida. Acomodó el par de bártulos sobrevivientes en un departamento de la calle Loyola. A la copa, la acomodó en un estante del aparador como quien sienta un testigo en el estrado.

Desde ahí, se oía un tango insistente, forjándose entre las calles de inmigrantes. Adoquines resbaladizos los días de lluvia. Asfalto abrasador los de sol.

David consiguió un trabajo. Del taller a la casa, ida y vuelta, indagando en su destino. Trataba de dejar sus recuerdos tirados, olvidarlos en las tapias, las esquinas, los bares de la ciudad.

Tal vez la belleza lo despertara en algún otro sitio que no fuera la mañana.

Finalmente, la encontró en una milonga, cuando ya asomaban sus treinta años.

Le atrajo su vestido con tajo al costado y los rulos color azabache.

– Sos hermosa – se le escuchó decir a David mientras dibujaba un ocho hacia atrás. Ella le acarició su frente ancha y sin más preludios se dejó besar.

Pasó el tiempo. Voces nuevas, que a duras penas alcanzaban los picaportes, palpitaban en la casa de Alicia y David. Los domingos iban hasta Lanús. Se juntaban alrededor de una pizza casera. Alicia la hacía con su madre, que a su vez había aprendido a amasar de la mano de su abuela. Mucho tinto. A veces con algo de soda y a la tarde un mate largo. Pero los viernes, aún en el barrio de Villa Crespo, eran muchas más las risas. Aunque los porteños adoraran la carne, en shabat se comía pollo. Ya a la mañana, Alicia lo condimentaba, sobre todo con mucha cebolla; lo cubría y lo llevaba al horno temprano para que el olor no se mezcle con el de las flores. Al caer la tarde, otras luces iluminaban la mesa. David encontró en el pan un sabor que para los otros no tenía. Alicia, descubría en el fuego figuras que él no veía. Y sin embargo, ambos mirarían con el mismo asombro la copa, cobriza por fuera, joven por dentro, en el centro del mantel blanco.

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*Myriam Boclin es docente y escritora. Se graduó como musicoterapeuta en la Universidad del Salvador. Estudió Lengua y Literatura Inglesa en la Universidad de Ramat Aviv. Escribe cuentos infantiles, muchos de ellos premiados. Este cuento, “La copa”, pertenece a su libro Huellas, recientemente presentado en Hebraica.